miércoles 8 de abril de 2009

NUEVA COLECCIÓN: MUESTRA (CASI) GRATIS

de aquellos autores cuya obra se encuentra
en proceso de publicación por




MENJUNJE (POESÍA) - NATALIA MOLINA


MENJUNJE

mejunje
soy
me mezclo en porciones
que nunca mido
no sé medir(me)
apenas contar
o querer contar(me)
por enésima vez
el cuento de la buena pipa
en espiral escribo
cuando inunda el misterio
del desamparo
las palabras bajo la luna
saben de mí
y de este corazón solo
que canta como un tero
en el medio de un baldío
impúdico late
y brilla y dice
que no sabe mentir
y canta canta
y encanta


LA EXTRAÑADORA (POESÍA) - DANIEL MARTÍNEZ


1
La extrañadora
tiene brazos de aire
se alimenta de recuerdos
casi casi y no hay nadie dice la extrañadora
sobre su cabeza
hace nido la tristeza pequeñita
que crece y crece
y lleva lo que no hay
la extrañadora tiene hambre
siempre hambre
devora país nombres conocidos
pedazos de amor que no fueron
ruleta rusa de besos que lastimaron
la última mirada
dice la extrañadora
será una palabra
y yo le escribo para distraerla
y ella me mira de reojo


VIAMONTE Y CHARLONE - DIEGO ROSAKE


EN LA ESQUINA DE CHARLONE Y VIAMONTE, SOBRE UN SUELO CADA VEZ MÁS COMPRENSIVO, EL CUERPO DE ANTONIO RECUERDA SUS FELICIDADES.

19:45 hs.

Duele el huevo
la hernia el hambre
por lo menos el cuerpo aún responde:
se acuerda de sufrir el vacío
la ausencia de comida o calor
la ausencia
a través de mis manos puedo ver llegar
a la patrona
y sí
alguna vez hubo una patrona
de muslos fuertes
y abrazos
que sabía
de compartir puchero y ausencias
la ausencia
la patrona ausencia
la ausencia de la patrona
de ella
y hacete ver decía
y yo tinto
y hacete ver
y yo más tinto
y hacete
y yo todo el tinto del mundo
que entiende de dolores
más que una junta de médicos


1982 (NARRATIVA) - EMILIANO VUELA


Mil novecientos ochenta y dos no fue un buen año. Muchas cosas cambiaron y nadie estaba preparado para ello. Yo era chico, tenía siete años y una conciencia algo difusa sobre lo que estaba pasando. Recuerdo las discusiones, el televisor constantemente prendido y el murmullo de la radio, tarde en la noche, repitiendo las mismas palabras, una y mil veces. Era la guerra. La guerra en todos lados, en la calle, en la cara de la gente, en los almuerzos, en los sueños. Los rostros tenían esa mirada bovina, apagada y cristalina, que apenas si cambiaba cuando desde mi metro veinte tironeaba de la ropa buscando algo de atención. La guerra comía con nosotros todas las noches. La cena era el campo de batalla, en donde las tropas alistadas un poco antes de las ocho, cuando papá volvía del trabajo, se disparaban en silencio con artillería pesada desde ambos flancos de la mesa. Agustín, mi hermano, estaba en el sur y mamá sospechaba – después tendríamos la certeza – que ya estaba peleando en las islas. La silla vacía era un enemigo con el que no podíamos lidiar. Yo había descubierto que mirar la tele, aunque estuviera el noticiero, y callar era la mejor estrategia.
Todo era guerra. En la escuela tapábamos las ventanas con hojas de La Nueva Provincia y hacíamos simulacros de bombardeos en las aulas, escondiéndonos bajo las mesas, callados, jugando en la oscuridad, riendo acurrucados en los rincones mientras las maestras miraban el techo, como esperando las bombas inglesas. El sol desaparecía más temprano y eso aumentaba la angustia, que solía confundir con tristeza. Hacíamos el camino de vuelta a casa corriendo, jugando a la guerra y cantado una variación de la Marcha de San Lorenzo, en donde los zapatos de la Thatcher eran de goma y los nuestros de acero para darle patadas en el trasero. Una delicadeza que poco tenía que ver con el “ingleses hijos de puta” que gritábamos cada vez que escuchábamos que nuestros soldados morían. Porque era así: un juego, donde nosotros éramos los buenos y ellos los malvados de la película. Nosotros ganábamos y ellos no sabían cómo escapar de la incontrolable furia justiciera. Era un juego, cuyas reglas no terminaba de comprender...